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Orillas del amor


Como una vela sobre el mar
resume ese azulado afán que se levanta
hasta las estrellas futuras,
hecho escala de olas
por donde pies divinos descienden al abismo,
también tu forma misma,
ángel, demonio, sueño de un amor soñado,
resume en mí un afán que en otro tiempo levantaba
hasta las nubes sus olas melancólicas.

Sintiendo todavía los pulsos de ese afán,
yo, el más enamorado,
en las orillas del amor,
sin que una luz me vea
definitivamente muerto o vivo,
contemplo sus olas y quisiera anegarme,
deseando perdidamente
descender, como los ángeles aquellos por la escala de espuma,
hasta el fondo del mismo amor que ningún hombre ha visto.

Luis Cernuda


Hoy me hace falta sentir esas maripositas en el estómago, esa urgencia que causa el extrañar. Es algo tan lejano al sexo. Es algo mas espiritual y menos humano. Definitivamente el amor verdadero como que está reservado a unos pocos afortunados. Los dejo con un Fragmento de "Alexandros,el hijo del sueño" de Valerio Massimo Manfredi que me encanta. Eso es amor.


"Alejandro bajó a toda prisa y se detuvo bajo el pórtico para observar al nuevo huésped sin atreverse a dirigirle la palabra.

De repente, un patadón más fuerte mandó la pelota a rodar justo entre sus pies. El niño la recogió y los dos se encontraron frente a frente.

-¿Te gustaría jugar a la pelota conmigo? Con dos se juega mejor.
Yo disparo y tú la coges.

-¿Cómo te llamas?- preguntó Alejandro.

-Yo Hefestión, y tú?

-Alejandro.

-Entonces vamos, ponte allí, junto a la pared. Yo tiraré primero y si atrapas la pelota tendrás un punto, luego tiras tú. En cambio, si no la paras el punto lo habré ganado yo y podré tirar otra vez. ¿Entendido?

Alejandro hizo un gesto de asentimiento y se pusieron a jugar, llenando el patio con sus gritos. Cuando estuvieron agotados de cansancio y chorreando sudor, pararon.

-¿Vives aquí? -preguntó Hefestión al tiempo que se sentaba en el suelo.

Alejandro se sentó a su lado.

-Claro. Este palacio es mío.

-No me vengas con cuentos. Eres demasiado pequeño para tener un palacio tan grande.

-El palacio es también mío porque es de mi padre, el rey Filipo.

-¡Por Zeus! -exclamó Hefestión agitando la mano derecha en señal de admiración.

-¿Quieres que seamos amigos?

-Por supuesto, pero para hacerse amigos es preciso intercambiarse una prenda.

-¿Qué es una prenda?

-Yo te doy una cosa a ti y tú me das otra a mi a cambio.

Se hurgó en el bolsillo y sacó un pequeño objeto blanco.

-¡Oh, un diente!

-Sí -silbó Hefestión por el hueco que tenía en el lugar de un incisivo-.
Se me cayó la otra noche y a punto he estado de tirarlo.

-Tómalo, tuyo es.

Alejandro lo tomó y se quedó confuso al no saber qué darle a cambio. Rebuscó en los bolsillos, mientras Hefestión permanecía erguido delante de él esperando con la mano abierta.

Alejandro, al no contar con ningún regalo de la misma importancia, dejó escapar un largo suspiro, tragó saliva y a continuación se llevó una mano a la boca y se cogió un diente que le bailaba desde hacía unos días, pero bastante sujeto aún.

Comenzó a sacudirlo con fuerza hacia delante y hacia atrás, conteniendo las lágrimas de dolor, hasta que se lo arrancó. Escupió un coágulo de sangre, luego lavó el diente bajo la fuente y se lo entregó a Hefestión.

-Aquí tienes –farfulló- Ahora somos amigos.

-¿Hasta la muerte? -preguntó Hefestión, echándose al bolsillo la prenda.

-Hasta la muerte -replicó Alejandro."

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